
Aquella mirada glacial hizo que tomara la decisión. Fue en una cabaña de piedra perdida en el monte, un lugar que olía a pino, lleno de roedores. El refugio tenía una sola estancia y la cama de madera en el centro no dejaba espacio para nada más que una chimenea.
La había llevado allí en un intento de arreglar otro de sus arrebatos. Incluso ella había pensado que las cosas se calmarían en plena naturaleza, pero, cuando se fueron, la soga le oprimía más el cuello.
¿Qué importaban unas cuantas escenas al año? Alguien le había dicho que era signo inequívoco de amor, o quizá lo había leído en la puerta de algún retrete: «Quien te quiere, te hará llorar. Jenny y Kevin forever». Si eso era verdad, debía de amarla con locura.
Había cambiado su forma de vestir, de hablar, de pensar; había renunciado al baile para que nadie la viera contonearse como una puta; había huido de la perversión de sus amigas, de la inutilidad de sus estudios, de la minucia de cuidar su cuerpo.
Había ignorado todas las señales hasta que, en la maldita cabaña, la perforó con aquellos ojos perturbados que jamás había visto y un peso le impidió respirar. Mientras se asfixiaba, tuvo la certeza de que la presión empeoraría, de que colocaría piedras nuevas, cada vez más grandes.
Cogió la maleta y subió al tren. Ya era hora de vivir al son de Compay.
Este microrrelato y otros relatos inéditos en el libro: Mujeres de retales
Si quieres participar en el sorteo que incluye el libro, marcapáginas, libreta y bolígrafo visita mi Facebook y sigue las instrucciones (se hará el 13 de diciembre por la mañana)

Si te apetece escuchar a Compay Segundo: Chan Chan
Me ha gustado mucho el giro final. Es un buen relato que, además, sirve para reflexionar. Hay demasiadas sogas en demasiados cuellos.
Me gustaLe gusta a 1 persona
Muchas gracias, Verónica, he intentado reflejar que la violencia no es solo física, hay mucha violencia en las palabras y los gestos.
Me gustaLe gusta a 1 persona