Días de hambre y sed
No le gustaba el puente, se mareaba con el balanceo de los tablones. Antes, pensaba que caería al río y la corriente arrastraría su cuerpo hasta otro pueblo; ahora, que se abriría la cabeza con una de las piedras y sus sesos irrigarían el cauce seco. Pero debía cruzar, buscar lo que fuera, calmar un poco el hambre de su niña. Se ajustó la mochila y avanzó, temblorosa, aguantando la respiración para que las arcadas no le doblaran la espalda. Una vez en tierra, escupió un hilillo espeso que se limpió con la manga de la sudadera y tomó el camino flanqueado por muros de mampostería.
Por fin llegó al bosque, un bosque amarillo que rogaba ayuda con su silencio. Empeñó más de hora y media en remover con el cuchillo los montículos de hojas de pino; no encontró hongos malos siquiera, la peor señal, porque, como le había enseñado su abuela, donde había malos, había buenos. Se recostó contra un árbol caído y sacó la fotografía. Se la habían tomado una Navidad, cuando era pequeña y la vida una maravilla distante de juguetes y chucherías que su hija no había conocido.
Parecía otro mundo aquel en el que la abuela la llevaba por la dehesa; aquel en el que el oinc-oinc de los gorrinos sabía a gloria; en el que le enseñaba a recolectar para que, llegado el caso, hiciera como su tatarabuela y alimentara con acerones, setas y bellotas a sus hijos; en el que le hablaba de guerras lejanas donde se luchaba por ideales y riquezas y no por recursos básicos, como en las de ahora. Definitivamente, era otro mundo, porque ya no había ni gorrinos, ni bellotas, ni acerones, ni una triste seta; cómo iba a imaginar su abuela entonces que la siguiente guerra pillaría al pueblo sin una gota de agua.
Clavó el cuchillo en la tierra, agrietada como su esperanza, y dejó que las lágrimas brotaran. Se avecinaba otro día de hambre y sed. Allí no quedaba más que morir de inanición, como los animales, como algunos vecinos. El norte. Decían que conservaba prados verdes, ríos llenos. Tenían que ir al norte.
Con este relato participo en el concurso de historias sobre el cambio climático de Zenda.

Muy bien escrito tu relato, Laura. Suerte en el concurso. Un abrazo
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Muchas gracias, Mayte. Suerte para las dos 😉. Abrazos.
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Un relato muy crudo, pero magistral.
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Muchas gracias, Javi. Tenía que ser crudo. Un abrazo.
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Pingback: Finalista del concurso de historias sobre el cambio climático de Zenda | Laura Urcelay | Escritora
Gracias por indicarnos donde esta el liston a otros principantes como yo, gracias oor indicarnos donde esta nuestro norte
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Gracias a ti por leer y comentar. Seguir y no desistir me comentaba el otro día un amigo poeta.
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